De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

viernes, 17 de mayo de 2013

TESTIMONIO VOCACIONAL: GERMÁN CELIO


Algo de mi biografía

Nací en Cardona (Soriano – Diócesis de Mercedes) el 10 de diciembre de 1984, y viví hasta los 15 años en una zona rural cercana a esa ciudad, un paraje llamado Colonia Larrañaga. Mi familia, productora rural, está compuesta por mi padre, mi madre y tres hermanos, somos dos varones y dos mujeres, siendo yo el segundo. 

Desde niño estaba vinculado a la actividad de la capilla del lugar, que tiene por patrono a San Isidro Labrador, mi madre era catequista allí. En esa capilla, fui bautizado, recibí la primera comunión y fui confirmado. 

A los 15 años, por razones de estudio me mudé a Mercedes para culminar el bachillerato, yendo los fines de semana a mi casa. En ese tiempo formé parte de un grupo de jóvenes en Colonia Larrañaga y otro en Mercedes, y así fui comprometiéndome con la pastoral parroquial y diocesana. 

A los 17 años comencé un camino de discernimiento vocacional en diálogo con el obispo y con sacerdotes de la diócesis. A los 18 años decidí estudiar profesorado de matemática, teniendo que mudarme a la ciudad de Colonia donde continué el discernimiento en los tres años que estuve allí. 

Teniendo 21 años, discernimos que era tiempo de entrar al Seminario por la Diócesis de Mercedes, y así en el 2006 ingresé al Seminario Cristo Rey junto con ocho compañeros. Hoy me encuentro en el 4º año de Teología, es decir, el último año en la formación del Seminario.


Un Padre misericordioso que siempre me espera

Lo que comparto a continuación forma parte de mi historia vocacional, que ilumino con la Parábola del Padre misericordioso que relata Lucas en el capítulo (Lc 15,11-32)

…tomó sus cosas y partió para un país lejano…

Todos seguramente pasamos por una etapa de rebeldía, creo que es parte de ir forjando quiénes queremos ser. En mi caso, lo viví en la adolescencia, alrededor de los 15 años, después de ser confirmado, literalmente me borre de la Iglesia, y lo que fue más radical aún, borré a Dios de mi vida, le pedí mi parte, como si se tratara de alguien a quien consideraba muerto para mí. Desde ese momento comencé a valérmela por mí mismo, estaba solo, hoy reconozco, que en lo más íntimo de mí tenía una gran soledad que nada ni nadie podía cubrir. Una decisión que llevó esa soledad a una situación más dramática fue el irme de mi casa por estudio y fue un desarraigo importante. No es que tuve una vida desenfrenada, y reconozco que crecí mucho en ese tiempo, pero estaba solo, mis alegrías y mis tristezas las vivía solo, tenía amigos pero no procuraba compartir lo que vivía interiormente. Quizá lo que me sostenía en este tiempo eran mis proyectos, mis planes de ser un tipo con una carrera, para tener un buen trabajo y formar una familia, eso estaba en mi horizonte…

…me pondré en camino, regresaré a casa de mi Padre…

A pesar de todo lo anterior, que repito, no fue todo tan malo, tengo muy gratos recuerdos, y muchas amistades de esa época. Sin embargo, la necesidad de agregarle un poco de sabor a la vida, me llevó a querer formar parte de un grupo de jóvenes en la capilla cercana a la casa de mis padres. En ese grupo, pude tener contacto con quienes eran mis conocidos vecinos, muchos de ellos conocidos desde toda la vida, pero también conocí a un seminarista, y eso de a poco fue cuestionándome sobre la vocación. Fue un gran regalo de Dios en ese tiempo poder vivir una experiencia de retiro, un verdadero encuentro con Cristo, donde la pregunta que me surgió hacerle fue: ¿qué querés Señor de mí?¿cuál es tu voluntad? Desde ese momento fui recibiendo a través de personas, de situaciones, de celebraciones, la respuesta del Señor. A la vez que se me iba desmoronando todo lo que había construyendo, Dios en lo oculto iba haciendo crecer algo que iría dando sentido a mi vida. Fue un tiempo de ruptura y apertura, de duda y de certeza, de llanto y de alegría, de miseria, pero también de misericordia.

…el padre salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo cubrió de besos…

El abrazo es quizá el gesto que más me ha marcado en este tiempo en que le he dicho sí al Señor. Es el abrazo de personas concretas, pero también el abrazo de la Iglesia, y el abrazo de Dios Padre que se alegra de que un hijo suyo vuelva a la vida, restablezca su condición de hijo viviendo en la casa del Padre, escuchando y obedeciendo a su voluntad, respondiendo a la vocación a la que es llamado, y todo esto con alegría. Este es el gran abrazo que he recibido en todos estos años, en especial en el Seminario como en las distintas comunidades (N. Helvecia, Catedral y Sagrado Corazón de Mercedes, Rosario)  que me han ido recibiendo durante estos siete años.

Sólo puedo decir acerca de todos estos años de formación (en el Seminario y en las parroquias) que doy testimonio de que el Señor, por su Espíritu, obra en mí y en muchas personas que han sido compañeros y compañeras conmigo, como dice el salmista: “Tus acciones Señor son mi alegría y mi júbilo las obras de tus manos, ¡qué magnificas son tus obras, qué profundos tus designios!” (Sal 92)

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