De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

miércoles, 15 de mayo de 2013

Especial: 25º Aniv. sac. Mons. MIlton Tróccoli (VI), homilía.


Homilía de Mons. Milton Tróccoli en su 25º Aniversario de ordenación sacerdotal.

En primer lugar quiero darles a todos las gracias por participar hoy de esta Eucaristía. 
Gracias a nuestro Arzobispo Mons. Nicolás Cotugno sdb que ha tenido la delicadeza de cederme la presidencia de esta misa, gracias a Mons. Scarrone que me recibió en el Seminario y fue mi director espiritual por largos años, también a Mons. Wirz quien fuera mi párroco cuando estuve como seminarista en la parroquia del Reducto, a Mons. Sanguinetti mi primer párroco como sacerdote, a Mons. Romero que acompañó como párroco de la Aguada mis primeras experiencias pastorales como seminarista, a Mons. Sturla sdb, mi hermano menor en el episcopado, con quien compartimos la misión pastoral auxiliando la diócesis. 
Gracias a todos mis hermanos sacerdotes y diáconos aquí presentes, compañeros de camino en la aventura de llevar a Cristo a todas las vidas y rincones de nuestra geografía. Al P. Elizaga párroco y motivador de mi búsqueda vocacional en el sacerdocio. 
Gracias a todos ustedes, a los que están, a los que se han hecho presentes a través de llamadas o de mails, a los que viven en tierras lejanas y se han unido en la oración. 
Como sabía que en esta ocasión por la emoción me iba a costar hablar, hice una oración que quiero compartirles, esta será mi homilía. 

“Señor, hace 25 años, junto con otros hermanos te decía que sí. Sí quiero!
En realidad no era fruto de un mérito mío, sino respuesta a tu Sí generoso, al llamarme a la existencia, al llamarme a la fe, al llamarme al ministerio sacerdotal. 

Cuando lo pronuncié no estaba solo. Lo hice junto a otros compañeros de camino, estaban también mis padres, mi familia, obispos, presbíteros, diáconos, y muchas hermanas y hermanos queridos con quienes compartimos el camino de la fe en distintas comunidades parroquiales. 

Ese no era el punto de llegada, sino un nuevo comienzo, un envío para servir, partiendo el pan de la Palabra, el pan de la Eucaristía, el pan de la misericordia, para todo el pueblo de Dios. 

Fue un sí dado ante el Sucesor de Pedro, el querido Beato Juan Pablo II, quien vino a confirmarnos en la fe, y en la alegría del anuncio del Evangelio. El nos habló del sacerdocio como amistad, servicio y consagración. Amistad con Cristo que nos llama amigos y nos confía su intimidad, servicio al Pueblo de Dios,  y consagración de toda nuestra vida al Señor. 

Tú, el Buen Pastor, me pediste que ensanchara el corazón. Y así entraron muchas comunidades: Sta. Rita (Maroñas), S. Vicente de Paúl (Barrio Puerto Rico), Ntra. Sra. de la Merced, (con varios retornos), Virgen de Pompeya, Iglesia del Santísimo Sacramento (HH Esclavas), el Seminario Interdiocesano, donde de nuevo estoy con alegría. 

La Vicaría Pastoral me pidió una nueva apertura, colaborar con el obispo para velar por el anuncio del Evangelio en toda la Arquidiócesis. Agentes pastorales, miembros de la Vida Consagrada y de Movimientos y Asociaciones, la pastoral vocacional, el Diaconado Permanente, fueron poblando el ministerio sacerdotal. 

Luego las responsabilidades crecieron, y quisiste hacerme partícipe de tu Sumo Sacerdocio, regalándome nuevos compañeros de camino, y más hermanos y comunidades para servir. 

Hoy llego a tu presencia y veo ensanchada mi geografía y mi corazón. Nuevas fronteras y nuevos horizontes. 

Resuenan en mi corazón las palabras del Sto. Cura de Ars: si uno conociera la grandeza del sacerdocio moriría no de miedo sino de amor! 

Hace 25 años sentía la llamada para ser portador del rostro misericordioso del Padre, para anunciar a tiempo y a destiempo la Palabra de Vida y Reconciliación, el deseo inmenso que todos te conocieran y se alegraran de encontrarse con el Evangelio. 

Hoy estos sentimientos están intactos, y no por mis fuerzas, ni por mi bondad, sino por tu gran Amor.

Tú conoces mi debilidad, mis cansancios, mis límites a la hora de emprender grandes propósitos. 

Y yo conozco tu Amor entrañable, tu misericordia, tu bondad, tu generosidad sin límites, tu paciencia que siempre nos espera. 
Siento el llamado a renovar el sí, acompañando, apacentando, bendiciendo. Siendo testigo de la misericordia y esperanza del Buen Pastor Resucitado.

Cuántas veces dije basta, es mi tiempo, tengo que dedicarme a mis gustos, y proyectos. Y en cada una tu presencia amiga me desinstaló, me hizo salir de mí. Tu Amor pudo más. Tu Palabra quemó mis huesos, para que no dejara de anunciarla. 

En cada Eucaristía están presentes tantas vidas, (“padre rece por mí”…) que se unen a Tu Vida entregada por amor.  Tú dejas en nuestras débiles manos tu inmolación de Buen Pastor, el precio de las almas, la garantía de la gloria de Dios y de la salvación del mundo. ¿No vale la pena aceptar cualquier sacrificio y renuncia a cambio de ser consecuentes con este amor que lo da todo y que por ello puede exigirlo todo? (JPII)

Gracias por la posibilidad de ejercer el ministerio de la reconciliación. Que don tan grande ser portador de tu misericordia, que hermoso poder llevar la paz a mis hermanos. 

Gracias por tu Iglesia, por esta gran familia, para cuyo servicio recibí el ministerio. 

Gracias por tantos hermanos y hermanas, comunidades y compañeros de camino que han sido y son signo de tu rostro amigo. Gracias por todos los que me ayudaron a educar el corazón para amar de verdad. 

Hoy vuelvo a poner en manos de María, tu madre, nuestra madre, el ministerio sacerdotal. Que ella siga ocupando su lugar en esta  “casa” del sacerdocio ministerial, que siga con su amor tierno y fiel, sosteniendo mi entrega. 

Hoy renuevo mi entrega para ser tu instrumento, me pongo en tus manos, para bendecirte y alabarte, para servir a mis hermanos con renovada alegría y esperanza. 
Tú que comenzaste esta obra buena llévala a buen término.” 

                                                        Amén. 

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