De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

viernes, 22 de marzo de 2013

Ordenación diaconal de Walter Piñeyro

Con gran alegría les compartimos a todos ustedes que Walter Piñeyro, quien compartió en nuestra casa los años de su formación, fue ordenado diácono, el pasado sábado 9 de marzo. 

La Misa de su ordenación diaconal, celebrada en la Parroquia Catedral Nuestra Señora de Guadalupe, fue presidida por Mons. Alberto Sanguinetti, Obispo de la Diócesis de Canelones, a la que Walter pertenece.

Agradecemos a Dios que nos haya bendecido con otro obrero para su mies y nos comprometemos a orar por él, para que su corazón se configure cada vez más al de Cristo.




A continuación les compartimos el lema que Walter eligió para su ordenación diaconal y el testimonio que escribió compartiendo su experiencia en este Camino de seguimiento de Cristo:


“Con los ojos en Jesús, esperar contra toda esperanza”.

Estimada comunidad, quiero compartir con ustedes la alegría de ser ordenado diácono el 9 de marzo. Luego de un largo camino donde el Señor Jesús y tanta, tanta gente, me ha sostenido y apoyado acepto decirle “sí” ante toda la Iglesia  a este don que se me quiere regalar. El Señor ha sido fiel conmigo y por Él llego a este momento y por Él y por la Iglesia y por mis hermanos digo “sí”. 



Cada ordenación es acompañada por “un lema”, una especie de proclama que a la vez que canta una vivencia particular de Dios también es una especie de “programa de vida” con el que uno desea vivir el ministerio. 

Hace unos tres o cuatro años, en un retiro, descubrí y experimenté el gozo de la esperanza cristiana y desde entonces ella se ha convertido en una especial forma de vivir el Evangelio; por eso quiero que ella siga configurando mi vida en este servicio y camino  comunitario al Señor Jesús.

“…esperar contra toda esperanza” (Ro 4,18)

Esta frase de San Pablo nos invita a esperar en la promesa de Dios aún cuando todo parece estar en contra, cuando ya no hay ninguna posibilidad humana, incluso cuando se llega a la experiencia de sentir que ya no cabe esperar nada más: “esperar contra toda esperanza”. Es una experiencia tremenda y terrible que Jesús mismo quiso experimentar con nosotros cuando traicionado, abandonado, colgado en la cruz, llegando a no sentir el amor y el cuidado del Padre, llega a gritar “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado” (Mc 15,34).  Entonces ahí, en ese momento donde ya no cabe esperar nada, desde la oscuridad y el abismo más profundo,  se confía del Padre al que no siente y se pone enteramente en SUS manos: “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). 

Jesús nos enseña a seguir esperando pese a todo porque las promesas de Dios son ciertas e indestructibles aún cuando todo parezca decirnos lo contrario. Es una esperanza que nos invita “a caminar sobre las aguas” (Mt 14,28-29).

“Con los ojos en Jesús…” (Heb 12,2)

Una esperanza así sólo puede nacer del mismo Evangelio, esto es de Jesús, de estar con Él. 
Es a la experiencia que se nos invita especialmente en estos momentos  donde se está llevando a toda la sociedad a vivir sin esta esperanza. Vivimos en un mundo  al que se le está enseñando e imponiendo no esperar el cambio y la conversión no sólo la de los demás sino también la propia; no sólo a los adultos sino también a los jóvenes, a los adolescentes y a los niños: ejemplo de esto es que nuestro país sea uno de los que tenga uno de los índices más altos de suicidio entre las poblaciones más jóvenes. 
Jesús nos invita a esperar, a esperarLO, a esperar contra toda esperanza. 
Él pasó por la experiencia de la frustración más honda sin embargo siguió confiando y cuando ya no quedaba humanamente más que hacer se entregó completamente al Padre.  
Esta esperanza, lejos de hacernos “cruzar los brazos” nos impulsa a trabajar con mayor ardor, con más entusiasmo y entrega porque sabemos que ninguno de nuestros esfuerzos caerán en el vacío sino en SUS manos (Gaudium et Spes 39).

Con el ministerio que se me confía quiero proclamar e invitar a esta esperanza a todos: a los chiquilines, a los adolescentes, a los jóvenes, a los adultos, a los mayores. 

Sólo poniendo la mirada en Jesús podremos experimentar esta esperanza que va contra todo y así esperar y avanzar confiados al Reino del Padre de todos. 





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