De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Acción de gracias del Diác. Sebastián Pinazzo en su ordenación.


 “¡Bendito sea Dios, Padre de Nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido con toda clase de bendiciones en el Espíritu!” (Ef. 1,1).



Esta acción de gracias que es en primer lugar a la Trinidad Santa, de cuyo designio de Amor todo procede, se extiende también con justicia a muchísimas personas. Pues es más acorde a la Bondad y Sabiduría de Dios, y para mayor Gloria Suya, hacernos a los hombres colaboradores en su obra.
¡Bendito seas Dios que quieres que sean méritos nuestros lo que son dones tuyos!



Gracias a mi familia. A mis padres a través de quienes recibí el don de la vida. A ti mamá por todo el amor y la lucha con que nos sacaste adelante. Gracias papá por el apoyo y la amistad de estos años. A mis hermanos con quienes aprendí lo que significa permanecer unidos en las alegrías y las tristezas, las esperanzas y las preocupaciones. Sammy, compañera fiel de toda la vida. Guille, con quien comparto lo más valioso, la fe. Ana Clara, presencia siempre serena y alegre. Vale, dadora de vida y esperanza. Pía, “niña de mis ojos”, luchadora incansable. Gracias a mis abuelos, ejemplo de una vida fecunda, entregada día a día, en fidelidad y humildad.



¡Bendito sea Dios por el don de la familia, escuela de amor y perdón!
Gracias a la Iglesia Madre y Maestra, de la que he recibido mi mayor tesoro: la fe. Gracias a quienes en  mi infancia me transmitieron la fe en Cristo. La comunidad de Nueva Palmira, en donde recibí la gracia del Bautismo de manos del Padre Bartolomé (Dios lo tenga en su Gloria). El P. Flavio Salerni, misionero italiano. Las catequistas, y la multitud de Testigos que me hablaron de Jesús en  mi infancia, muchos de ellos de tradición protestante.



¡Bendito seas Dios, que formaste un pueblo para que proclame a todas las generaciones las maravillas de tu amor!
Gracias a la Iglesia de Montevideo, en la que el Señor me llamo a servir. Gracias a usted Mons. Nicolás por su confianza y apoyo a lo largo de la formación y por encomendarme hoy este ministerio. Gracias al presbiterio por su fraternidad, especialmente experimentado en la cercanía y afecto de tantos sacerdotes: P. Luis, de manos de quien recibí la primera comunión, aquí, en esta Catedral. P. Guillermo, quien me acompañó en el despertar y el discernimiento vocacional.  Gracias a los formadores que me ayudaron a crecer en la vocación: Mons. Arturo, P. Carlos, P. Daniel, P. Gonzalo, P. Fredy. A los acompañantes y confesores, testigos del paso de Dios por mi vida y de su misericordia. Mons. Milton, P. Basilio, P. Francisco. Gracias a los párrocos que me abrieron las puertas de sus comunidades y de sus corazones de pastor: P. Juan, P. Eliomar, P. Daniel. Gracias también a los diáconos que hoy me reciben en su orden. Gracias especialmente a los diáconos permanentes, ayúdenme a recordar que ser servidor también ha de ser algo permanente para mí.



¡Bendito seas Dios, que no dejas de suscitar en tu Iglesia pastores según tu corazón!
Gracias a las comunidades. A la comunidad de san Pedro, donde redescubrí la belleza de Jesucristo y de su seguimiento. Gracias a las comunidades que me acompañaron en el proceso formativo: Al Cottolengo Don Orione, donde experimente el valor y la dignidad de toda persona. A la comunidad del Santuario del Cerrito, gracias por su amistad y por ayudarme a descubrir y cultivar mis talentos.
Gracias a la comunidad del Carmen de Puntas de Manga, familia de familias, donde maduré mi vocación aprendiendo de la fe arraigada de ustedes. Al equipo de pastoral adolescente, gracias por la amistad y el trabajo compartido. A la comunidad de san Alejandro, fraterna y generosa, gracias por haberme recibido con los brazos abiertos y haberme alentado y acompañado en este último tramo del camino. A las comunidades religiosas de hermanas, particularmente a la Vida Consagrada Arquidiocesana, las Misioneras Catequistas de Jesús Redentor y las Misionera de Pedro Claver, gracias por ser en mi camino el rostro materno de la Iglesia.
¡Bendito seas Dios, por el testimonio de tantos laicos que con su entrega son testigos de tu amor!



Gracias a todos los que humilde y ocultamente han hecho posible todos estos años de formación. A quienes rezan por el seminario y a los bienhechores. A Mons. Raúl Scarrone, presencia cercana y fraterna. Al personal que con su trabajo hacen posible el diario vivir. A los distintos profesionales que nos ayudan en la formación. Al Serra. A la Facultad de Teología, su personal docente, administrativo y de servicio.
¡Bendito seas Dios providente, que no dejas de darnos cuanto necesitamos!



Gracias a todos aquellos con quienes compartí el Seminario. Gracias hermanos seminaristas por el afecto y la paciencia que han tenido conmigo en la convivencia cotidiana. Agradezco especialmente a aquellos compañeros de comunidad con quienes entre al Seminario y aquellos que luego el Señor me fue regalando como hermanos de comunidad: Manolo, Andrés y Pereira – a quienes el Señor ha llamado por otros caminos. A Rubén, Crhistian, Gastón, Romero, Perera y Martín – con quienes espero compartir en breve este ministerio. Gracias por las alegrías compartidas, por las búsquedas y las luchas, por las correcciones y el perdón regalado.
¡Bendito seas Dios familia, que nos regalas muchos hermanos con que compartir la vida!



Gracias a los amigos. A aquellos con los que comparto el día a día y también a aquellos con los que nos distancian los kilómetros y el tiempo, pero sin que logren separarnos. Gracias porque lo que hace hermosa la vida es compartir con los amigos las alegrías y las tristezas. Gracias porque con ustedes las penas se dividen y las alegrías se multiplican.
¡Bendito seas Dios, Amigo de los hombres, que pones en nuestro camino amigos con los que ir juntos a Ti!


Gracias a todos los que hicieron posible esta celebración. El párroco de Catedral. El Maestro de Ceremonias. El Coro dirigido por Ana Laura Rey, a Pablo el organista. Las hermanas de la VCA que hicieron los arreglos florales. Las hermanas salesas y carmelitas que me han hecho los ornamentos. Quienes sirvieron en los distintos ministerios, y todos ustedes, asamblea santa, quienes han traído la vida a esta celebración.
¡Bendito seas Dios que en la liturgia nos das la gracia de poder alabarte y glorificarte!



Finalmente, pero no menos importante, gracias a la persona por quien Dios ha querido hacerlo todo, a María, la llena de gracia. Nadie ha sido más plenamente “colmada de gracia” que ella. Por eso es para nosotros modelo, y al mismo tiempo, compañera de camino y segura intercesora: si por su respuesta generosa el Padre nos ha dado a su Hijo Amado, entonces, ¿qué cosa buena que le pidamos no nos dará el Padre por su intercesión? Pidamos a María, nuestra Madre, que no permita nos separemos nunca de su Hijo Amado, por quien el Padre, en el Espíritu, nos ha colmado de Gracia, para que nuestra vida sea alabanza de su Gloria, por los siglos de los siglos. Amén.


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