De nuestros estatutos.

El Seminario Mayor Interdiocesano "Cristo Rey", situado en Montevideo, Uruguay, es una comunidad humana, eclesial y educativa a la que la Conferencia Episcopal del Uruguay (CEU) le ha confiado la tarea de formar a los futuros pastores del pueblo de Dios (cf. PDV 60-61; OT 4).
Fue erigido el 21 de febrero de 1880 por el Siervo de Dios Mons. Jacinto Vera, primer Obispo del Uruguay.
La finalidad de este Seminario es la formación integral de los futuros pastores de las Iglesias locales del país.

viernes, 9 de abril de 2010

Homilía de Mons. Nicolás Cotugno en la Pascueta.


Compartimos con ustedes la homilía del Arzobispo de Montevideo en la Eucaristía del Lunes de la Octava de Pascua, donde concedió la admisión a las órdenes, y los ministerios de acolitado y lectorado a algunos compañeros.

"Es Pascua, y la Pascua es ése acontecimiento que impacta definitiva e irreversiblemente la historia. Desde que Cristo resucitó, la historia está definitivamente marcada en un sentido positivo de enorme esperanza para toda la humanidad. Realmente estamos liberados, estamos salvados.

Qué lindo encontrarnos todas las pascuetas en el Seminario, para poder disfrutar y gozar de este hecho, de este acontecimiento de este misterio que es nuestro misterio, y si esto vale para todos los discípulos del Señor, para todos los bautizados, tiene un significado muy específico, muy concreto, para quienes el Señor llama a seguirlo en la vida sacerdotal.

Hay algo que quiero retomar tanto de la mIsa Crismal, de ese encuentro con todo el presbiiterio, como del discurso de Pedro que acabamos de leer, cuando dice “A este Jesús Dios lo resucitó y todos nosotros somos testigos”: todos nosotros, se refiere, seguramente a él y a los once; no creo que haya excluido a nadie, pero hace referencia a esa misión que Cristo entrega a los apóstoles para que realmente se crea en la resurrección del Hijo de Dios hecho hombre. Cuántas veces a lo largo de este discurso de Pedro utiliza la Palabra de Jesús “ustedes serán mis testigos” haciendo referencia a la Resurrección.

Mis queridos hermanos seminaristas, todos, si estamos aquí es porque el Señor nos ha llamado a dar testimonio de Cristo Resucitado, simbolizado en este Cirio. Como Iglesia en cuanto Pueblo de Dios, está llamado a proclamar para siempre que Jesucristo está real y personalmente vivo en medio de nosotros. Es muy difícil traducir en palabras estas expresiones, y sobre todo en el poder llegar a comunicar a nuestros hermanos contemporáneos “Jesucristo está presente” -pero no lo vemos-,” vivo”, -no lo constatamos-; nos dice también “estaré con ustedes hasta el fin de los siglos”, pero hay tantos anti signos en relación a esta presencia y a esta vida, que uno dice “¡Señor!”, y cuántos contemporáneos nuestros nos pueden decir “ustedes predican a Cristo pero -¿dónde está?-.

Quiero llegar a lo siguiente, la realidad histórica de la resurrección, es incuestionable en la medida en que el testimonio apostólico, en la Iglesia, a través de la Iglesia, llegue realmente al hombre contemporáneo, al mundo de hoy, a todos los seres humanos que hoy, vivimos este momento. ¿Es un hecho histórico? Sí, pero, ¿quién constató?, ¿quién estuvo presente en el momento de la resurrección? Nadie, solo el Padre y el Espíritu Santo, pero ahí están las mujeres que van a decirles que se encontraron con Jesús, y Jesús les dice “Avísenle a mis hermanos que vayan a Galilea”, y ahí sabemos lo que sucedió, ¿verdad? La relación que hubo entre Jesús Resucitado y los once; y es una relación que les permite decir a los apóstoles “nosotros lo hemos visto, lo hemos tocado, lo hemos palpado, hemos comido con Él”. Entonces no es una ilusión, no es una imaginación fantasiosa, no es una creación de ese sentimiento que está en el ser humano de proyectarse hacia lo infinito porque hechos por Dios estamos hechos para Dios; pero primero para nosotros, tenemos que decirnos, “de verdad yo creo que es un hecho histórico la resurrección de Jesús”, y por supuesto, arrancando de la fe, penetrándola con la razón podemos decir “es un hecho histórico” y es una realidad que, utilizando la capacidad crítica de la razón, yo puedo admitir como un hecho positivo, por más trascendente y divino que sea; porque es incuestionable que los apóstoles han experimentado la presencia de Cristo vivo: “comimos con él”.

Entonces asumimos el hecho pascual en su globalidad, desde el acontecimiento de la resurrección hasta la venida del Espíritu Santo, donde de alguna manera podemos decir que celebramos el misterio de la encarnación en su plenitud, también en su consumación con la incorporación de Cristo en el misterio de la Trinidad y el envío del Espíritu Santo.

Hoy en día ser sacerdote no es una cosa fácil. Y las dificultades, antes que desde afuera, pueden venir desde dentro. Lo respiramos sobre todo en nuestro ambiente montevideano, donde la criticidad muchas veces se transforma en corrupción (como el hecho del evangelio “díganle que vinieron de noche y se lo llevaron” y le dieron tanta plata), y el tergiversar la verdad es una cosa que está siempre al alcance de todos, sobre todo cuando hay en medio ciertos intereses.

Hoy son admitidos para recibir las órdenes, y reciben los ministerios, ¿y esto qué? Para eso están vestidos de blanco; sus amigos, sus familiares no tienen la túnica, no piden ser admitidos a las órdenes, y no van a recibir el acolitado y el lectorado: ¿y por qué ustedes sí? Porque el Señor los ha llamado primero, ¿y para qué? Cuando sean sacerdotes oirán que reciben el sacerdocio de segundo orden, y ustedes comparten el sacerdocio del orden episcopal en su ministerio sacerdotal, y en el fondo en síntesis, ¿a qué están llamados?, a dar testimonio del Señor resucitado en las diversas formas, en las diversas modalidades, y la actividad pastoral en su síntesis es “somos pastores en la medida que damos testimonio de Cristo resucitado vivo personalmente presente hoy en la historia”, y nosotros somos simples sacramentos, signos eficaces de esta presencia. Nosotros desaparecemos, tiene que aparecer Él que es la luz, Él es el camino, Él es la Vida y todo el Pueblo de Dios “tiene que desaparecer” para que aparezca Cristo, porque en Cristo está todo, y en Cristo estamos todos. ¡Bendita la Pascua! Que nos hace decir con toda alegría “resucitó el Señor, mi amor, mi esperanza, somos seguidores de un ser viviente, somos testigos del resucitado, en quien está la meta de toda la historia, de toda la humanidad”, portadores por lo tanto de esperanza, una esperanza muy arraigada, una esperanza muy sólida, una esperanza muy profunda, que viene de lo más hondo de nuestro ser. No se es testigo por decreto, tampoco por ordenación, imposición de manos y unción del crisma. Se es testigo en la medida en que Él, el testigo fiel y veraz, nos incorpora a su ser y nos da la experiencia de Dios Amor, y, por supuesto que por la consagración nuestro ser queda estructurado en el sentido más profundo de la palabra para que Él, el testigo fiel y veraz, a través de nosotros pueda hacerse presente y pueda hablar, celebrar, y conducir. Toda la pastoral es actividad profética, sacerdotal y real. Somos pastores en cuanto el Pastor habla a través de nosotros, celebra a través de nosotros y orienta.

Bien, todo esto para decir, ¡Bendita Pascua!, que no es una palabra, es esta persona viva. Que podamos en esta octava, y ojalá durante toda esta pascua, crecer cada vez más en esta experiencia de relación personal con Él, y de crecer en la capacidad de irradiación de esta certeza que es lo que dinamiza la historia.

Al encontrarnos a diario con las debilidades con los límites, con los pecados, nuestros y de los demás, de las personas, de la sociedad, de tocar con la mano que hay casi una estructuración del pecado, le pedimos al Señor que no nos asustemos. Él, todas las veces que se aparece dice “No teman”, porque es tan grande el impacto que hay, entre lo que somos nosotros y lo que es Él en cuanto resucitó de entre los muertos, algo inaudito, algo inalcanzable. Que nos ayude a no asustarnos de nada y de nadie, nunca, pase lo que pasara, porque Él siempre está, y nosotros siempre tenemos la posibilidad de estar en Él y de experimentar de que Él realmente ha vencido a la muerte, ha vencido al pecado.

Entonces hermanos, al pedir a Él las órdenes, el recibir de Él los ministerios en orden a la ordenación sacerdotal, que todos podamos decir al Señor “ven a asistirnos, ayúdame a configurarme contigo para que mis palabras sean las tuyas, mi sacrificio sea el tuyo, mi liderazgo –guía- en la Iglesia sea expresión de tu conducción de todos nosotros hacia la Verdad, hacia la bondad, hacia la unidad; enséñanos Señor a amar, a ser amor porque Tú, Dios, eres amor”. Y cómo no pedirle a María, la Madre de Jesús, que ha ido moldeando el ser del Verbo Encarnado, a lo largo de la vida en Nazareth, a lo largo de la vida cotidiana, nos enseñe también a nosotros a poder trasmitir esta presencia de Cristo resucitado de tal manera que como presbíteros , como presbiterio dentro de nuestras Iglesia particulares, podamos ser instrumentos de esta revelación, de esta presencia de Cristo Jesús, el Señor vivo, en este tiempo de misión para todas las Iglesias en América Latina, y en todo el mundo, que podamos asumir Aparecida con este gozo que viene de la esperanza cimentada en la certeza, “Cristo, mi esperanza resucitó de entre los muertos”, y sentir que estamos llamados a servir a nuestros hermanos para que tengan vida y vida en abundancia."


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